El tiempo justo: ni antes, ni después en la vida y en las inversiones

El tiempo es la medida de todas las cosas, no el ser humano (perdón, Protágoras). Con esto no quiero decir que el tiempo no nos pertenezca, sino que muchas veces no tenemos una noción real de lo que significa. Vivimos intentando dominarlo, acelerarlo o estirarlo, sin comprender que nuestra relación con el tiempo suele ser más emocional que racional.

La ilusión de querer todo “ya”

Hoy queremos resultados inmediatos. En la vida, en las decisiones personales y también en las finanzas y las inversiones.

Y cuando lo obtenemos, llega tan rápido que ese mismo disfrute, esa misma “felicidad” que nos produjo lo conseguido, dura exactamente lo mismo que tardó en llegar: casi nada.

El deseo se cumple, pero no se asienta. No hay proceso, no hay espera, no hay integración. Entonces aparece otra búsqueda, otro objetivo, otro “ya”.

Ningún extremo es sano…

Ubicarse en el polo opuesto tampoco es saludable. Lo que sea que queramos conseguir no debería llevarnos décadas. Porque muchas veces, cuando finalmente lo logramos (si no abandonamos antes), ya no estamos en condiciones de disfrutarlo de la misma manera.

Cambiamos nosotros, cambió el contexto, cambiaron las prioridades. El tiempo pasó, pero no siempre pasó a nuestro favor.

Es importante que los objetivos y metas que nos propongamos sean realizables y en un tiempo prudencial acorde a cada uno (el próximo viernes hablaremos de este punto con mayor desarrollo).

Ni antes ni después: el momento justo

El verdadero punto, el quid de la cuestión, está en algo mucho más difícil de definir: el tiempo justo. No el rápido ni el lento, sino el adecuado.

Y esto no aplica solo a objetivos materiales, sino a vínculos, procesos personales, aprendizajes y decisiones importantes de la vida.

Como mencionamos antes, ningún extremo es bueno. Ni mucho ni poco, sino lo justo. Esto aplica a casi todo. Comer azúcar, por ejemplo: en exceso hace mal, en muy poca cantidad ni siquiera se percibe.

Recuerdo cuando estudié Abogacía en la facultad, un profesor de Derecho administrativo dijo a la clase “Apenas comencé a trabajar, sentado en mi escritorio, abrí uno de los cajones para guardar mis cosas y encontré un papelito que decía: nada sucede antes ni despues, sino cuando tiene que ser”.

Para que tenga sentido, tiene que estar en la medida justa. Pero esa medida no es igual para todos, y ahí aparece algo fundamental: el autoconocimiento.

Mi tiempo, no el tuyo

Para saber cuál es la medida justa, primero tenemos que conocernos. Escuchar el cuerpo, registrar cómo reaccionamos, observar qué nos hace bien y qué no. No dejar que otros decidan por nosotros lo que nos conviene o lo que nos perjudica.

Porque nadie está dentro de nuestro cuerpo, nadie siente lo que sentimos ni procesa las experiencias como las procesamos nosotros.

Esto se ve claramente cuando alguien nos dice: “tenés que tomar esto, te hace re bien”. ¿Cómo sabe que me hace bien? ¿En base a qué experiencia propia dentro de mi cuerpo? Eso solo lo puede saber cada uno. Podemos escuchar consejos, claro, pero no delegar el criterio interno.

En desarrollo personal y autoconocimiento, esto es clave. No se trata de seguir recetas universales, sino de aprender a registrar señales propias. A veces conviene probar de a poco, observar qué pasa.

Mi tiempo, mis decisiones financieras

Lo mismo ocurre con los tiempos de la vida. No todos avanzamos al mismo ritmo, ni necesitamos los mismos procesos. Forzarnos a acelerar cuando no estamos preparados genera ansiedad. Obligarnos a esperar cuando ya estamos listos, genera frustración. El equilibrio aparece cuando aprendemos a escucharnos.

¿Qué tiene que ver el tiempo, las opiniones, mi educación financiera y mis inversiones? Absolutamente TODO.

Debemos aprender a considerar quién nos está aconsejando, quién nos está diciendo “comprá tal o cual acción”. Lo importante es aprender a contrastar información: leer, escuchar distintas opiniones y no quedarnos con una sola versión.

Tener más fundamentos y distintas perspectivas nos da mayor claridad y seguridad. Esto no quiere decir que el momento sea ya, pero sí vamos a comprender nuestro momento.

Está lleno de “Opinólogos y Licenciados en casi todo”; personas que vivimos hace años de las inversiones, no somos tantos realmente.

El mercado no tiene apuro

Cuando creemos que estamos perdiendo oportunidades -por ejemplo, con el petróleo ahora que está de moda- terminamos comprando sin entender realmente lo que estamos haciendo.

El consejo de otro que no maneja nuestros tiempos, ni emociones, ni nuestro dinero. Terminamos actuando desde la presión: el tiempo pasa, la oportunidad pasa y el momento parece ser “ya”.

Nada más alejado de la realidad. El mercado nos da oportunidades todo el tiempo, todos los días, todos los meses, todos los años.

El problema no es la falta de oportunidades. Es la ansiedad por querer aprovecharlas todas.

El tiempo justo no se mide con relojes

La manera de llevar el presupuesto personal y las finanzas personales, es de cada uno. Quizás alguien necesite tres meses para comprender lo que está gastando; otra persona lo puede ver en dos días. Sin embargo las oportunidades de empezar, comienzan cada día, a cada momento.

El tiempo justo no se mide con relojes ni calendarios. Se mide con atención, con honestidad y con autoconocimiento. Cuando empezamos a registrar eso, dejamos de correr detrás del tiempo y empezamos a caminar con él.

Idea para llevarse

No todo llega más rápido por apurarlo. No todo mejora por esperar de más. No todos estamos en el mismo momento para invertir.

El verdadero cambio aparece cuando encontramos nuestro propio ritmo. Cuando comenzamos a tener nuestra educación financiera.

En la vida y en las inversiones, el tiempo justo no es el más rápido.

Es el que podemos sostener.

Bonus track: recomiendo la lectura de Los siete principios del Kybalión

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