Ikigai: encontrar un propósito también es una forma de invertir en nosotros mismos

Hay preguntas que no aparecen en ningún resumen de tarjeta, en ninguna planilla de presupuesto y tampoco en una cuenta de inversión. Sin embargo, pueden terminar influyendo más en nuestra vida financiera de lo que imaginamos.

¿Qué quiero hacer con mi vida?

Es una pregunta enorme. Quizás demasiado grande para responderla en una tarde cualquiera. Durante buena parte de nuestra vida estamos demasiado ocupados como para hacérnosla seriamente. Trabajamos, estudiamos, pagamos cuentas, cumplimos horarios, atendemos responsabilidades, ayudamos a nuestra familia y tratamos de resolver los problemas que aparecen delante nuestro.

Y así pasan los días. Después las semanas. Después los años. Hasta que, en algún momento, aparece una sensación difícil de explicar. No necesariamente estamos mal. Incluso puede que las cosas estén funcionando razonablemente bien. Tenemos trabajo, proyectos, algunas metas cumplidas y otras por cumplir. Sin embargo, aparece una pregunta que se instala lentamente: ¿hacia dónde estoy yendo?

Quizás por eso el viernes tenga algo especial. La semana comienza a bajar de intensidad y aparece un pequeño espacio para pensar sin tanta urgencia. El mate se enfría un poco más despacio, las obligaciones pueden esperar unas horas y la cabeza comienza a abandonar ese estado permanente de resolución de problemas.

En ese momento surge una gran pregunta que no tiene una respuesta inmediata. ¿Estoy construyendo la vida que realmente quiero?

En ese territorio aparece el concepto japonés de ikigai, una palabra que suele traducirse como “razón de ser” o “razón para levantarse cada mañana”. Pero reducir el ikigai a encontrar una profesión que nos guste sería quedarse en la superficie. En realidad, la idea tiene que ver con encontrar un sentido, una dirección y cierta armonía entre lo que somos, lo que hacemos, lo que podemos aportar y aquello que nos permite sostener nuestra vida.

Y aunque pueda parecer que estamos alejándonos bastante de las finanzas, creo que ocurre exactamente lo contrario. Porque para administrar bien nuestro dinero primero tenemos que conocernos.

El propósito no siempre aparece como una revelación

Existe una imagen bastante romántica acerca del propósito de vida. Como si en algún momento fuéramos a despertarnos y una especie de iluminación nos indicara exactamente qué tenemos que hacer con nuestra existencia. Quizás a algunas personas les ocurra. Pero para la mayoría probablemente sea mucho más parecido a un camino que a una revelación.

Vamos descubriendo lo que nos gusta mientras hacemos cosas. Descubrimos capacidades cuando alguien nos pide ayuda. Encontramos intereses inesperados leyendo un libro, conversando con alguien, aprendiendo un oficio o simplemente prestando atención a aquello que nos produce curiosidad. Incluso nuestros errores pueden ayudarnos. A veces sabemos qué queremos precisamente después de descubrir aquello que definitivamente no queremos.

El problema es que solemos buscar nuestro propósito mirando demasiado hacia afuera. Vemos a alguien que construyó una empresa y pensamos que deberíamos hacer lo mismo. Observamos a una persona que viaja constantemente y suponemos que esa debe ser la verdadera libertad. Vemos a alguien que gana mucho dinero y automáticamente asociamos ese resultado con una vida exitosa. Y empezamos a comparar.

Pero el propósito no consiste en encontrar una vida ajena que podamos copiar. Consiste en descubrir qué vida tiene sentido para nosotros. Eso requiere algo que no siempre estamos dispuestos a hacer: conocernos.

El dinero también necesita conocernos

Cuando hablamos de educación financiera solemos hablar de ahorro, presupuesto, inversiones, riesgo, intereses y planificación. Todo eso es importante. Pero hay una dimensión de las finanzas personales que no aparece en una fórmula y que, sin embargo, determina muchísimas de nuestras decisiones. Nuestra personalidad.

Cuando administramos nuestro dinero según las expectativas de los demás, es muy fácil terminar construyendo una vida que desde afuera parece exitosa pero que por dentro no nos representa. Esto también ocurre con las inversiones. Muchas veces alguien pregunta cuál es la mejor inversión sin preguntarse antes para qué quiere invertir. Quiere saber qué comprar, pero todavía no sabe qué quiere construir.

Una persona que desea comprar una vivienda dentro de pocos años tendrá necesidades diferentes a quien piensa en su patrimonio dentro de treinta. Alguien que necesita estabilidad tendrá una relación distinta con el riesgo que alguien que puede tolerar grandes fluctuaciones. Quien quiere emprender necesitará conservar cierta liquidez que quizá no sea necesaria para otra persona. Por eso conocerse no es un detalle filosófico. También es una herramienta financiera.

Entre lo que amamos, lo que sabemos y aquello que podemos aportar

Una de las representaciones más conocidas del ikigai muestra cuatro áreas que se cruzan. Una tiene que ver con aquello que amamos; otra, con aquello en lo que somos buenos; otra, con lo que puede ser útil para los demás; y finalmente aparece aquello que puede permitirnos sostener económicamente nuestra vida.

Lo interesante no es tomar este esquema como una fórmula matemática para encontrar “el trabajo perfecto”. Lo interesante es utilizarlo como una invitación a observar nuestra propia vida.

  • ¿Qué cosas hacemos y perdemos la noción del tiempo?
  • ¿Qué actividades nos producen una satisfacción que va más allá del dinero?
  • ¿Qué capacidades desarrollamos casi naturalmente?
  • ¿Qué cosas nos consultan los demás porque saben que podemos ayudarlos?
  • ¿Qué conocimiento podríamos convertir algún día en un servicio, un emprendimiento o una profesión?

Quizás las respuestas no aparezcan inmediatamente. Y está bien. A veces pasamos tantos años haciendo aquello que se supone que debemos hacer que nos olvidamos de preguntarnos qué nos gustaría hacer realmente.

El propósito puede estar escondido detrás de una habilidad que nunca consideramos importante. Puede aparecer en una actividad que hacemos gratuitamente y que, con el tiempo, descubrimos que tiene valor para otros. Puede incluso surgir de una experiencia difícil que nos obligó a desarrollar una capacidad que antes no teníamos.

No siempre encontramos nuestro propósito buscando. A veces lo encontramos prestando atención.

También invertimos tiempo, energía y años de nuestra vida

Hay algo que me parece especialmente interesante cuando relacionamos el ikigai con las finanzas.

Hablamos constantemente de invertir dinero, pero pocas veces hablamos de las otras cosas que también invertimos. Invertimos tiempo. Invertimos energía. Invertimos atención. Y, sobre todo, invertimos años.

Cuando elegimos una profesión estamos invirtiendo años de nuestra vida. Cuando aprendemos una habilidad estamos invirtiendo tiempo presente en una posibilidad futura. Cuando desarrollamos una relación, un proyecto o un emprendimiento también estamos utilizando una parte de nuestra existencia.

Por eso quizás la pregunta más importante no sea solamente cuánto dinero estamos acumulando. También deberíamos preguntarnos qué estamos construyendo con el tiempo que tenemos disponible.

El dinero debería ayudarnos a construir una vida mejor, no convertirse en el motivo por el cual dejamos de vivir. Ahorrar es importante. Invertir es importante. Aprender a administrar nuestro dinero es fundamental. Pero todo eso necesita un propósito. De lo contrario, podemos pasar décadas acumulando recursos sin haber definido para qué queríamos acumularlos.

Un viernes para bajar los decibeles

Tal vez este fin de semana no haga falta aprender una nueva estrategia de inversión ni revisar cuánto rindió nuestra cartera. Quizás sea más interesante caminar un rato y dejar que la cabeza se acomode sola. Pensar en qué cosas nos entusiasman.

Recordar qué soñábamos cuando éramos más jóvenes y qué parte de esos sueños sigue viva. Preguntarnos qué habilidades hemos desarrollado durante los últimos años y cuáles todavía queremos descubrir. Pensar en qué actividades nos hacen sentir útiles y cuáles realizamos únicamente porque creemos que deberíamos hacerlas. Y, sobre todo, mirar nuestro dinero desde otra perspectiva.

No solamente preguntarnos cuánto tenemos. Preguntarnos qué vida estamos financiando con él. Porque cada peso que ahorramos representa una posibilidad futura. Cada inversión que hacemos expresa una decisión sobre nuestro mañana. Cada gasto también dice algo sobre nuestras prioridades.

Quizás el ikigai no nos diga exactamente qué acción comprar mañana. Pero puede ayudarnos a responder una pregunta mucho más importante: ¿Para qué quiero construir mi patrimonio?

Y cuando comenzamos a responderla, algo cambia. El dinero deja de ser simplemente dinero. Se transforma en una herramienta al servicio de nuestra vida.

Una herramienta para proteger aquello que amamos, desarrollar aquello que podemos ofrecer y ganar algo que muchas veces vale más que cualquier rendimiento financiero: la libertad de construir una vida que tenga sentido para nosotros.

Y tal vez ese sea un excelente lugar para empezar. Con un mate. Con una caminata. Y con una pregunta que no necesita ser respondida hoy: ¿Qué vida quiero estar financiando dentro de diez años?

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