El negocio del siglo XXI: cuando la educación financiera también cambia nuestra manera de trabajar

Hay libros que uno termina de leer y puede resumir en unas pocas ideas. Pero hay otros que, independientemente de estar de acuerdo con todo lo que propone su autor, nos dejan dando vueltas una pregunta durante varios días. El negocio del siglo XXI, de Robert Kiyosaki, pertenece un poco a esta segunda categoría.

Una de las preguntas que hizo este efecto sobre mi persona y además hizo que empiece con la educación financiera y las inversiones fue la siguiente prgunta de su obra: ¿por qué aprendemos durante tantos años a trabajar por dinero, pero casi nunca aprendemos cómo funciona realmente el dinero?

Si bien es una pregunta incómoda por lo que refleja, sin embargo tiene su cuota de realidad. Nadie nos enseña a administrar aquello que ganamos, a construir activos, a diferenciar un ingreso de una verdadera fuente de riqueza o a pensar qué sucedería si mañana dejáramos de trabajar.

El libro propone al marketing multinivel como una de las alternativas del llamado “negocio del siglo XXI”. Es una propuesta que merece ser analizada con criterio y sin idealizaciones, porque no todos los modelos de negocio funcionan de la misma manera ni todas las oportunidades que se presentan como una puerta hacia la libertad financiera realmente lo son.

Pero detrás de esa propuesta, por la que también he pasado más de un año, existe una cuestión mucho más amplia y, para nosotros, bastante más interesante: la educación necesaria para dejar de depender exclusivamente de una única manera de generar ingresos.

No se trata solamente de ganar dinero, sino de entender cómo se genera

Uno de los conceptos que atraviesan el pensamiento de Kiyosaki es la diferencia entre trabajar por dinero y construir mecanismos que puedan producir ingresos. La distinción parece sencilla, pero cambia bastante nuestra forma de mirar las finanzas personales.

Cuando cobramos un sueldo, intercambiamos principalmente nuestro tiempo y nuestras capacidades por un ingreso. No hay nada malo en eso. De hecho, para millones de personas el trabajo es una parte fundamental de su proyecto de vida. El problema aparece cuando esa es nuestra única estrategia financiera y nunca nos detenemos a pensar qué estamos construyendo con una parte de ese ingreso.

Porque trabajar más horas puede aumentar nuestros ingresos durante un tiempo, pero nuestro día sigue teniendo veinticuatro horas. Hay un límite físico para esa estrategia.

La educación financiera empieza a abrir otra posibilidad: utilizar una parte de lo que generamos para construir algo que pueda crecer independientemente de nuestro esfuerzo inmediato. Puede tratarse de inversiones, un emprendimiento, propiedad intelectual, una empresa, conocimientos que aumenten nuestro valor profesional o cualquier otro activo capaz de generar valor.

Esto también permite entender una diferencia importante entre ingreso y riqueza. Una persona puede tener un ingreso elevado y, sin embargo, no haber construido una situación financiera sólida. Puede ganar mucho, gastar mucho y depender completamente de que el próximo mes vuelva a ingresar dinero.

Otra persona puede tener ingresos más modestos, pero ahorrar, invertir, capacitarse y construir progresivamente distintas fuentes de valor. Desde afuera quizás parezca menos impresionante. Con el paso del tiempo, sin embargo, la segunda estrategia puede resultar mucho más poderosa.

Ahí aparece una de las enseñanzas que podemos rescatar del libro: no alcanza con preguntarnos cuánto ganamos; también tenemos que preguntarnos qué hacemos con lo que ganamos y qué estamos construyendo con ello.

Y esa pregunta pertenece de lleno al terreno de la educación financiera.

El verdadero negocio del siglo XXI puede ser aprender

Quizás la parte más interesante de El negocio del siglo XXI no sea la actividad específica que Kiyosaki propone, sino la importancia que le concede al desarrollo de determinadas habilidades.

Aprender a vender, comunicarse, relacionarse con otras personas, administrar dinero, comprender inversiones, manejar nuestros miedos y desarrollar una mentalidad empresarial son capacidades que pueden acompañarnos mucho más allá de un negocio determinado.

Tengamos en cuenta que la educación financiera no consiste solamente en saber dónde invertir; también significa comprender nuestras propias conductas.

Conocer sobre el interés compuesto; saber qué es un activo; buscar una inversión extraordinaria y muchos ejemplos más, carecen de efecto y de sustento si nuestra relación cotidiana con el dinero está basada en la impulsividad, la comparación o la necesidad de demostrar algo.

Este “negocio del siglo XXI” tal vez pueda interpretarse de una manera bastante más amplia que la propuesta original del libro. En un mundo donde las formas de trabajar cambian, donde aparecen nuevas profesiones, nuevas tecnologías y nuevas maneras de producir y distribuir conocimiento, nuestra capacidad para aprender permanentemente se convierte también en un activo.

No significa que todos debamos convertirnos en empresarios ni que tengamos que abandonar nuestro trabajo para perseguir una supuesta libertad financiera. Tampoco significa que cada oportunidad de generar ingresos adicionales sea necesariamente conveniente.

Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: tenemos que aprender a tomar decisiones financieras con criterio propio.

Eso implica poder escuchar una propuesta de inversión o de negocios y analizarla sin dejarnos llevar por la promesa de dinero rápido. Saber cuánto estamos dispuestos a arriesgar. Entender de dónde proviene realmente una rentabilidad. Reconocer cuándo una oportunidad exige conocimientos que todavía no tenemos. Y, sobre todo, aceptar que construir patrimonio suele ser bastante menos espectacular que lo que muestran muchas promesas de riqueza.

Quizás esa sea una de las grandes diferencias entre buscar dinero y construir riqueza. La primera nos puede llevar detrás de cualquier oportunidad que prometa resultados. La segunda, nos obliga a desarrollar paciencia, conocimientos y criterio. Y esto requiere tiempo.

Conclusión

El negocio del siglo XXI puede leerse como un libro sobre negocios, pero también como una invitación a pensar de otra manera nuestra relación con el trabajo, los ingresos y el dinero.

No tenemos por qué aceptar todas sus propuestas para rescatar una idea fundamental: la educación financiera nos da algo mucho más importante que una lista de inversiones; nos da herramientas para decidir.

Quizás el verdadero negocio del siglo XXI desde mi perspectiva no es dejar de trabajar y quedarse en casa invirtiendo. Es educarse constantemente. Leer este o cualquier otro libro, por ejemplo, es parte de esa educación

Y como sucede tantas veces con las finanzas, la pregunta más importante no es cuánto podemos ganar mañana. Es qué estamos aprendiendo hoy para que nuestro futuro dependa un poco menos de la suerte.

Lectura recomendada

El negocio del siglo XXI. Robert Kiyosaki

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