Cómo ganar amigos, influir en las personas y aprender a llevarte mejor con vos mismo

Hay libros que envejecen. Hay otros que, aunque hayan sido escritos hace décadas, parecen encontrar una forma extraña de seguir hablando con nosotros. Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie, pertenece a esta segunda categoría.

Publicado por primera vez en 1936, el libro se convirtió en un clásico del desarrollo personal porque no intenta enseñarnos simplemente a convencer a los demás. Su propuesta va mucho más allá. Carnegie habla de escuchar, de comprender, de interesarnos genuinamente por otras personas, de evitar discusiones innecesarias y de aprender a relacionarnos desde el respeto.

Y mientras lo leía, apareció una idea que no necesariamente está escrita de esa manera en el libro, pero que me parece inevitable: antes de aprender a ganar amigos o influir en otras personas, deberíamos aprender a convivir con nosotros mismos. Solo hay una persona con la que vamos a compartir absolutamente todos los días de nuestra vida.

La persona con la que más discutimos

Carnegie comprendió algo fundamental sobre las relaciones humanas: las personas no quieren sentirse atacadas constantemente. Quieren sentirse escuchadas, reconocidas y respetadas. Sin embargo, resulta curioso observar cómo nos tratamos nosotros mismos.

Podemos pasar años hablándonos de una manera que jamás utilizaríamos con un amigo.

“Soy un desastre.” “Nunca voy a poder ahorrar.” “No sirvo para invertir.” “Siempre hago lo mismo.” “¿Cómo pude ser tan tonto?”

Quizás no nos damos cuenta, pero cada vez que repetimos esas frases estamos construyendo una identidad. Y cuando una determinada identidad se instala, nuestras acciones comienzan a buscar la manera de confirmarla.

Si alguien se repite durante años que es malo administrando dinero, cualquier error financiero parece convertirse en una prueba de que tenía razón.

Afortunadamente existe otra posibilidad. Podemos observar el error sin convertirlo en nuestra identidad. Una mala compra no significa que seamos malos administradores. Una inversión que salió mal no significa que seamos incapaces de invertir. Un mes en el que no pudimos ahorrar no significa que jamás podremos hacerlo. Significa que ocurrió algo que podemos analizar.

Esa diferencia parece pequeña, pero psicológicamente puede cambiarlo todo. No es lo mismo decir “soy un desastre con el dinero” que decir “esta conducta no me está dando el resultado que quiero”. En la primera frase estamos condenando a la persona. En la segunda estamos identificando un comportamiento. Y los comportamientos pueden modificarse.

El dinero amplifica nuestras conversaciones internas

Tal vez por eso las finanzas personales tienen una dimensión mucho más psicológica de lo que solemos admitir. El dinero no solamente revela cuánto ganamos. También puede mostrar cómo pensamos, qué tememos y qué buscamos.

Una persona impulsiva puede encontrar en el dinero una herramienta para satisfacer inmediatamente aquello que siente. Una persona extremadamente temerosa puede acumular efectivo durante años sin atreverse a tomar ninguna decisión. Alguien que necesita reconocimiento puede convertir sus ingresos en una vidriera permanente de su nivel de vida. Ninguno de estos comportamientos aparece de la nada.

El dinero simplemente les da una forma visible. Por eso aprender sobre finanzas no consiste únicamente en aprender qué es una inversión, cómo funciona una tasa o qué diferencia existe entre determinados activos. También consiste en descubrir qué hacemos nosotros cuando el dinero entra en escena.

Y acá aparece nuevamente Carnegie. Una de las claves de su pensamiento es que las relaciones mejoran cuando dejamos de intentar imponer nuestra voluntad y comenzamos a comprender. Quizás deberíamos aplicar exactamente la misma lógica hacia nuestro propio comportamiento financiero.

En lugar de preguntarnos únicamente por qué gastamos tanto, podríamos intentar comprender qué estamos buscando cuando gastamos. Tal vez no estamos comprando un objeto. Tal vez estamos comprando una sensación de seguridad, de reconocimiento, de pertenencia, de recompensa, de escape.

Cuando entendemos eso, la conducta comienza a tener sentido. Y cuando una conducta tiene sentido, podemos empezar a modificarla.

Aprender a influir sobre nosotros mismos

El título del libro habla de influir en las personas. Pero existe una influencia que puede ser mucho más importante: la capacidad de influir sobre nuestras propias decisiones.

Todos conocemos esa pequeña discusión interna que aparece cuando queremos hacer algo que sabemos que nos conviene y, al mismo tiempo, existe otra parte de nosotros que quiere exactamente lo contrario. Sabemos que deberíamos ahorrar, pero queremos gastar. Sabemos que deberíamos estudiar, pero preferimos distraernos. Sabemos que deberíamos esperar antes de invertir, pero sentimos que estamos perdiendo una oportunidad.

A lo que intento llegar es a comprender que quizás se trate de aprender a negociar con nosotros mismos. De comprender que el placer inmediato no es necesariamente malo, pero que tampoco debería gobernar todas nuestras decisiones. Esa capacidad de equilibrio es una forma de inteligencia. Y también es educación financiera.

Hay otra enseñanza de Carnegie que puede resultar especialmente útil para quienes comienzan a invertir: no necesitamos ganar todas las discusiones.

En el mundo financiero, el ego puede convertirse en un enemigo silencioso.

Compramos una inversión y después nos enamoramos de nuestra propia decisión. Cuando empieza a caer, buscamos argumentos para demostrar que el mercado está equivocado. Seguimos leyendo opiniones que confirman lo que queremos creer y evitamos aquellas que contradicen nuestra posición.

En este punto ya no estamos analizando una inversión. Estamos defendiendo nuestro orgullo; esto nos puede resultar muy costoso. Quien desee aprender a invertir también debería aprender a decir: “me equivoqué”. No hay vergüenza en eso.

No existe la inversión perfecta ni la decisión perfecta. Existen decisiones tomadas con determinada información, en determinado momento, y posteriormente aparecen nuevos datos. La madurez financiera consiste, en parte, en tener la suficiente humildad para reconocer cuando nuestra hipótesis dejó de tener sentido.

No necesitamos demostrar que teníamos razón. Necesitamos cuidar nuestro patrimonio.

Escucharnos también es conocernos

Quizás una de las grandes enseñanzas que podemos extraer de Carnegie sea la importancia de escuchar. No solamente a los demás, sino escucharnos.

En medio de todo ese ruido en que vivimos plagados de publicidades, redes sociales, opiniones, recomendaciones, tendencias, noticias, etc., es muy fácil dejar de escuchar nuestra propia voz. Entonces empezamos a comprar cosas que no necesitamos, perseguir objetivos que no son nuestros y tomar decisiones financieras porque alguien más parece estar avanzando más rápido.

Si valoramos la libertad, quizás entendamos que ahorrar no significa privarnos, sino comprar posibilidades futuras. Si disfrutamos aprender, una parte de nuestro dinero puede comenzar a dirigirse hacia nuestra educación. Si nuestra prioridad es nuestra familia, tal vez descubramos que no necesitamos demostrar nuestro éxito hacia afuera; necesitamos construir estabilidad hacia adentro.

El dinero empieza entonces a ocupar su lugar correcto. No delante de nuestra vida. Sino detrás de ella. Como una herramienta, como un medio; no como un fin en sí mismo de acumular y tener más.

Quizás el mejor amigo que podemos ganar seamos nosotros mismos

Después de tantos años, el libro de Carnegie sigue siendo interesante porque, en lo personal, me recuerda algo que parece evidente pero que olvido con facilidad: las relaciones humanas se construyen. Del mismo modo que con migo mismo.

También necesita tiempo. También necesita paciencia. Y también necesita comprensión. Quizás deberíamos dejar de pensar que para mejorar nuestras finanzas tenemos que convertirnos en otra persona. Tal vez el objetivo sea aprender a conocer mejor a la persona que ya somos.

Descubrir qué buscamos cuando compramos. Aceptar nuestros errores. Celebrar nuestros avances. Y, poco a poco, comenzar a tomar decisiones que sean coherentes con aquello que queremos construir.

Este viernes, mientras la semana y el mes terminan y el ritmo comienza a bajar, podamos hacer algo muy sencillo: sentarnos un rato con nosotros mismos. No para juzgarnos ni revisar nuestro presupuesto, simplemente para conversar.

Preguntarnos cómo estamos tratando a nuestro futuro. Si nuestras decisiones actuales están ayudando a la persona que queremos ser o si estamos constantemente hipotecando el mañana para satisfacer al presente.

La verdadera educación financiera no empiece cuando aprendemos a invertir, también empieza cuando aprendemos a escucharnos.

Quizás la persona que más necesitamos influir, convencer y acompañar durante toda nuestra vida sea precisamente aquella que vemos cada mañana frente al espejo. Antes de ganar amigos. Antes de influir en los demás. Antes de construir un patrimonio. Aprendamos a ser buenos amigos de nosotros mismos.

Porque cuando esa relación mejora, muchas otras cosas comienzan a encontrar su lugar.

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