Hay libros que prometen enseñarnos a ganar dinero. Algunos hablan de inversiones, otros de negocios, otros de ahorro y otros de cómo alcanzar la libertad financiera. Y después están aquellos que intentan ir un poco más atrás y hacerse una pregunta diferente: ¿qué pensamos nosotros acerca del dinero?
Los secretos de la mente millonaria, de T. Harv Eker, pertenece a este último grupo.
Más allá de estar de acuerdo o no con todas las afirmaciones del autor —y de que algunas de sus ideas deben tomarse como conceptos para reflexionar y no como verdades matemáticas— hay algo interesante en su propuesta y es que muchas de nuestras decisiones financieras no empiezan en la billetera. Empiezan en la cabeza.
Antes de gastar, ahorrar, endeudarnos o invertir, existe una determinada manera de entender el dinero. Tenemos recuerdos, experiencias, frases que escuchamos durante nuestra infancia y creencias que fuimos construyendo con los años. Algunas nos ayudan. Otras nos limitan. Y muchas ni siquiera sabemos que están ahí.
El dinero que aprendimos a conocer
Cada persona tiene una historia con el dinero.
Algunos crecieron escuchando que había que ahorrar hasta el último centavo porque nunca se sabía qué podía ocurrir mañana. Otros escucharon que el dinero estaba hecho para disfrutarlo. Algunos vivieron en hogares donde hablar de dinero era habitual y otros crecieron en ambientes donde las cuestiones económicas prácticamente no se conversaban.
Sin darnos cuenta, vamos incorporando esas experiencias. Aprendemos qué significa para nuestra familia ser rico, ser pobre, gastar, ahorrar, deber dinero o tener éxito. Quizás alguien haya aprendido que las personas con dinero son egoístas. Entonces, aunque conscientemente quiera tener una buena situación económica, puede sentir cierta incomodidad cuando comienza a ganar más.
Otro puede haber aprendido que “el dinero nunca alcanza”. Y aunque sus ingresos mejoren, siempre encontrará una nueva razón para sentir que está detrás de sus necesidades. Otro puede pensar que invertir es algo reservado para expertos, empresarios o personas con grandes capitales. Y esa creencia puede mantenerlo durante años con su dinero inmóvil.
No significa que nuestras circunstancias no importen. Por supuesto que importan. Pero existe una diferencia entre una dificultad económica y una creencia acerca de la dificultad económica. La primera puede requerir una solución concreta. La segunda puede requerir primero una conversación con nosotros mismos.
El “modelo financiero” que llevamos dentro
Una de las ideas centrales del libro es que cada persona posee una especie de programación financiera. Una manera aprendida de pensar, sentir y actuar frente al dinero.
La palabra “programación” puede sonar demasiado determinista. No estamos condenados a repetir lo que aprendimos en nuestra infancia. Pero sí resulta interesante preguntarnos cuánto de lo que hacemos actualmente proviene de decisiones conscientes y cuánto simplemente estamos repitiendo. Porque los hábitos financieros tienen memoria.
Si durante años gastamos todo lo que entra, probablemente nos resulte extraño comenzar a ahorrar. Por eso el primer paso de una transformación financiera puede ser mucho menos espectacular de lo que imaginamos. No necesariamente consiste en invertir. Consiste en observar.
Cuando escuchamos la palabra dinero, no todos pensamos en lo mismo. Para algunos representa tranquilidad; para otros, libertad. Hay quienes lo relacionan con éxito, reconocimiento o poder, mientras que para muchas personas puede estar asociado al miedo, a la escasez o a la preocupación constante de no tener suficiente. Y aunque no siempre seamos conscientes de ello, esa interpretación personal del dinero influye mucho más de lo que creemos en nuestras decisiones.
Muchas de esas ideas no aparecieron de la nada. Las fuimos construyendo a lo largo de nuestra vida, a partir de lo que vimos en nuestra familia, de las conversaciones que escuchamos durante nuestra infancia, de las experiencias que tuvimos y también de los errores que cometimos. Frases como “hay que guardar por las dudas”, “el dinero cuesta muchísimo ganarlo” o “los ricos siempre tienen ventaja” pueden quedar instaladas en nuestra manera de pensar y terminar condicionando nuestra relación con el ahorro, el consumo y la inversión.
Ganar más no siempre resuelve el problema
Es fácil imaginar que nuestros problemas financieros desaparecerían si simplemente ganáramos más dinero. Y es cierto que aumentar los ingresos puede mejorar considerablemente nuestra situación. Pero existe una diferencia importante entre tener mayores ingresos y haber aprendido a administrar mejor nuestros recursos.
Si cada aumento de ingresos viene acompañado por un aumento proporcional de nuestros gastos, podemos terminar exactamente en el mismo lugar, aunque los números sean mucho más grandes. Cambia el tamaño de nuestra cuenta, pero no necesariamente cambia nuestra situación. El problema deja de ser cuánto ganamos y empieza a ser qué hacemos con aquello que ganamos.
Es como intentar llenar una bañera que tiene una pérdida: podemos abrir cada vez más la canilla, pero si el agua continúa escapándose, nunca vamos a resolver el problema de fondo. Con nuestras finanzas puede suceder algo parecido. A veces necesitamos ganar más, pero otras veces necesitamos descubrir primero por dónde se está yendo lo que ya tenemos.
La educación financiera no debería comenzar únicamente con la búsqueda de mayores ingresos. También debería ayudarnos a reconocer nuestros hábitos, nuestras decisiones automáticas y aquellas pequeñas fugas que, acumuladas durante años, pueden tener un impacto enorme.
Decir “quiero tener más dinero” parece una meta, pero en realidad todavía no nos dice demasiado. Más dinero ¿para qué? ¿Para vivir con mayor tranquilidad? ¿Para dejar de depender de un sueldo? ¿Para viajar? ¿Para ayudar a nuestra familia? ¿Para comprar una casa? ¿Para poder elegir nuestro trabajo? ¿O simplemente porque asociamos tener más con haber alcanzado el éxito?
La pregunta puede parecer sencilla, pero cambia completamente nuestra relación con las finanzas. Porque cuando sabemos para qué queremos nuestro dinero, dejamos de verlo solamente como una cifra que debe crecer y empezamos a entenderlo como una herramienta.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre acumular y construir. Podemos perseguir permanentemente un número mayor sin saber cuándo será suficiente, o podemos establecer objetivos que tengan sentido para la vida que queremos llevar. El dinero deja entonces de ser el destino y pasa a ocupar un lugar mucho más interesante: el de medio para conseguir algo que realmente valoramos.
Una mente financiera también se educa
Saber qué es una acción, cómo funciona un bono o qué rendimiento ofrece una inversión es importante. Pero existe otra parte de la educación financiera que muchas veces queda relegada: aprender a observar nuestra propia conducta.
Podemos conocer perfectamente la diferencia entre ahorrar e invertir y, sin embargo, gastar impulsivamente cada vez que estamos preocupados. Podemos conocer el funcionamiento de una tarjeta de crédito y aun así utilizarla para comprar cosas que no necesitamos. Podemos entender matemáticamente el interés compuesto y, al mismo tiempo, abandonar una estrategia de inversión porque no vemos resultados después de unos pocos meses.
Por eso educar nuestra mente financiera significa algo más que incorporar conocimientos. Significa aprender a tomar decisiones diferentes. Reconocer cuándo estamos comprando por necesidad y cuándo estamos buscando una recompensa emocional. Aprender a esperar. Aceptar que invertir implica incertidumbre. Entender que no todas las oportunidades son para nosotros y que no necesitamos perseguir cada promesa de ganancia.
Pensar en riqueza solamente como una cantidad de dinero acumulada puede hacernos perder de vista una cuestión esencial: para administrar bien nuestros recursos necesitamos desarrollar determinadas capacidades mucho antes de tener grandes cantidades para administrar.
La paciencia, la disciplina, la capacidad de postergar una recompensa, la posibilidad de reconocer un error y corregirlo, la tranquilidad para no tomar decisiones impulsivas y la claridad para distinguir lo que realmente queremos de aquello que simplemente deseamos en un determinado momento también forman parte de nuestra riqueza.
Por eso quizás la construcción financiera empiece en nuestros hábitos, en nuestras decisiones cotidianas y en la manera en que interpretamos lo que nos sucede. El dinero puede crecer con el tiempo, pero para sostener ese crecimiento también necesitamos crecer nosotros.
Tal vez ahí esté una de las ideas más interesantes de Los secretos de una mente millonaria: no se trata simplemente de aprender a conseguir más dinero, sino de revisar la persona que somos cuando nos relacionamos con él. Porque aumentar nuestros recursos sin transformar nuestra manera de administrarlos puede cambiar las cifras, pero no necesariamente cambia nuestra vida.
Este viernes, una pregunta para nosotros
Quizás este fin de semana no necesitemos buscar una nueva técnica para ahorrar ni descubrir cuál será la próxima gran inversión. Podemos simplemente detenernos unos minutos y observar nuestra relación con el dinero. ¿Qué aprendimos sobre el dinero antes de tener la posibilidad de decidir por nosotros mismos? Y, sobre todo, ¿cuánto de aquello que aprendimos todavía sigue tomando decisiones en nuestro lugar?
A veces, mejorar nuestras finanzas no comienza haciendo algo nuevo, sino descubriendo qué hacemos en automático. Y reconocerlo ya es una forma de empezar a cambiar.
Se recomienda la lectura de Secretos de una mente millonaria.
